martes, 10 de febrero de 2015

Aidil, Reina del fuego.


          Mi abuela celebraba dos días de cumpleaños por año. Un mal entendido del registro civil, que presupongo solo fue un olvido o un despiste de quien hace mucho vive y poco se detiene a leer su documento. Cuestión que los nueves, y también los diez de Febrero había que ir a saludarla, y esperar por ahí entre vecinos y llamadas para comer algo rico. Cuando la distancia apremió y con ella mi transformación en joven adulta, solamente hubo que elegir entre uno de los días, llamarla y al corroborar su voz en el teléfono, cantar el feliz cumpleaños, entero, con estribillo y estrofa, con la bicha intención de escucharla reír o ponerse nerviosa hasta reconocer en la voz de cuál de toda su descendencia provenía el saludo. Tal como ella hizo año tras año hasta que dejó de llamar. Quedaron en triste tono de espera parientes lejanos que eran cercanos por anécdotas en sepia; secretarias de oficinas de chocolate que firmaban cajas y cajas de golosinas a cambio de una charla amena sin tramiterio ignorando la astucia de quien finge ser una tierna abuelita y oculta a la súper heroína del barrio; quedaron sin atender mis llamadas culinarias que por haberlas confiado tanto serán irreproducibles las más clásicas recetas; quedará esperando el millón de Susana en una fuente de papelitos con el número de tu casa; quedará un locutor de radio sin su oyente favorita. 
Y aunque hoy el teléfono no suene,
 la gente que antes no se moría, se está muriendo. 
Y yo tengo tanto por contarte, lo que engordé y lo que viaje y el peor es nada que nunca encuentro. 
      - vos tenés linda boca, me dijiste mientras tomábamos una taza de leche tan grande, tan llena y tan caliente que no podía ser mentira si vos lo decías me sentía  linda 
y cada vez que me veías  aunque te diga abuela estoy igual me iba siendo más linda
 es verdad  también un poco más artista, artesana, un poco más viva. 
Abuela, ¡hay tanto que no aprendo! y me da vergüenza 
 porque me crie viendo entregarte a proyectos pasajeros: coleccionando bolitas de agua llenando tu casa de colores y llorándote las arrugas de tu niñez soñadora. 
Tanto
que me tatué una mujer amadora 
y la arrastro a este cuerpo de infantilona que llora y reinventa
 por no reventar. 

Preferirías aprender a eructar a soportar tanta cursilería, no juzgo tu recuerdo, yo tampoco me la bancaria si te tuviese al frente, como mucho pondría la pava y tomaríamos los mates que nadie te cebaba, como máximo jugaríamos a las cartas y como poco te haría cualquier chiste, porque lo primordial 
perdón que insista 
es que mi abuela celebraba dos días de cumpleaños porque lo importante de la vida es que sea tan grandota que no alcance día para festejar la unión de átomos que deviene en mujer. 




lunes, 2 de febrero de 2015

Estados



todo sobre la mesa echa humo
el mate el cenicero la computadora
ojalá todo se haga humo, pienso
pero hay 83% de humedad
 estoy hecha de agua
difícil de elevar.